Urbanitas contra rústicos

El urbanita contra el rústico, ¿hay algo más jugoso que recurrir a ese concepto para contar una buena historia? Yo creo que no.

El choque cultural es algo con lo que tenemos que convivir a diario, y no es necesario marcharnos a una aldea recóndita de Perú, ni tampoco a un poblado ubicado a la sombra de los Cárpatos para toparnos cara a cara con un enemigo ideológico. El choque de culturas puede presentarse ante nosotros cuando bajamos a comprar el pan o mientras trabajamos.
Pongamos a un rockero de la vieja escuela a compartir piso con un fan del reggeaton, o a un antitaurino con un señor conservador de derechas… Habrá conflicto. Puede que no, ya que no todo el mundo traga de igual manera, pero es habitual que esas combinaciones enturbien el ambiente y generen tensión. O quizá, si no hay nada en común entre ambas partes porque son polos completamente opuestos, no se llegue a la discusión y mucho menos a las manos, pero sí a la ignorancia mutua; a no dirigirse la palabra y pasar el uno del otro porque, total, ¿acaso hay algo que decirse?

El cine nos ha enseñado que el choque cultural puede irse de madre y sobrepasar con creces la barrera que separa al “los toros no son arte, imbécil” o “los cómics son cosa de niños, friki asqueroso” de liarse a tiros contra esa persona cuya forma de pensar y masticar el día a día contrasta con tu estilo de vida.
Puede que uno de los primeros referentes (si no tenemos en cuenta 2000 Maníacos, ¡y deberíamos tenerla en cuenta!) sea la estupenda Deliverance (John Boorman, 1972), en la que se nos cuenta cómo unos señores se internan en los bosques  de la América profunda para surcar el río en canoa, huyendo de sus rutinarias vidas y el infierno del trabajo. Pero para infierno el que viven allí, haciendo frente a los habitantes locales, gente poco recomendable y nada civilizada que a la primera de cambio te pillan por banda y, si llega el caso, te matan.
Si hay una película que refleje como es debido el choque cultural entre lo urbano y lo rural, esa es sin duda Deliverance.

Deliverance

En The wicker man (Robin Hardy, 1973) tenemos un caso parecido (en realidad, cuando hablamos de este subgénero todos los casos son similares). La ley, es decir, un agente de policía, viaja hasta una isla de Inglaterra en busca de una joven desaparecida. Una vez allí, poco a poco irá percatándose de que algo no va bien, y es que resulta que todos los habitantes del lugar pertenecen a un peligroso culto pagano liderado por Lord Summerisle.
El tono de esta película es bastante diferente al de otras producciones de terror rural o survival, ya que incluso tenemos números musicales, pero en esencia estamos ante el mismo concepto.
Este es uno de los pocos casos en que los villanos no se nos presentan como personajes asilvestrados y antisociales, sino como personas normales y, en apariencia, civilizadas… de no ser por sus peligrosas creencias religiosas, claro.

The wicker man

Unos años después llegaría la imprescindible La matanza de Texas (Tobe Hooper, 1974) –algún día escribiré un artículo en el que no mencione a esta película, lo prometo-,donde ya se nos vuelve a presentar el concepto de los jovencitos confusos muy urbanitas, muy de su época, de esos que, de no haber sido porque no existían los medios (¡bien!) se habrían pasado medio viaje haciéndose fotos para Instagram, y que terminan siendo el objetivo de la bendita furia rural, encarnada en este caso por Leatherface y su familia.
Lo más peculiar de La matanza de Texas, lo que la hace única, es el modo en que está rodada, con gran verosimilitud, un enorme realismo en sus decorados y una fotografía sucia que da a la película una estética similar al documental, y que por supuesto le viene como anillo al dedo. A estas alturas, lo que aquí se nos narra no es especialmente novedoso, pero sí lo es el modo en que se cuenta y describe.

Siguiendo en la misma línea de La matanza de Texas tenemos Las colinas tienen ojos (Wes Craven, 1977), una torpe imitación que solo funciona si no has visto la película de Hooper. Ambas son demasiado parecidas, con la gran diferencia de que Las colinas tienen ojos carece de la fuerza visual y el poder de impacto de los que alardea, y con razón, su prima tejana.
No es una mala película, pero si tengo que elegir me quedo con el estupendo remake de Alexandre Aja estrenado en 2006, para mi gusto superior en todos los aspectos. Es la película que yo siempre quise que fuese la original.

La matanza de Texas

Southern Comfort (John Boorman, 1981) recuerda a Deliverance en muchos aspectos, aunque posee las suficientes diferencias como para no poder ser considerada un plagio. Sea como sea, se trata de una película bastante buena con una gran diferencia respecto a Deliverance: en este caso, los protagonistas se ganan la antipatía de los lugareños por méritos propios, es decir, por gilipollas. Eso no quiere decir que la reacción de los paletos sea razonable, pero en cierta forma podemos entender que se defiendan de estos tipos que aparecen en su territorio armando jaleo y robando canoas, herramienta con la cual se ganan la vida.
Los protagonistas, unos militares en prácticas, se ven expuestos ante el peligroso panorama, pues pese a que disponen de armas, la munición es de fogueo, lo cual es como quien tiene un tío en Graná. Es algo que da juego en algunas escenas y genera tensión, ya que en varias ocasiones han de marcarse el farol y confiar en que sus enemigos no se den cuenta de que, en realidad, están desarmados.
Southern Comfort, para que nos entendamos, es como Predator (John McTiernan, 1987) pero con paletos en vez de extraterrestres.

Southern Comfort

Me gustaría cerrar el artículo con una película española bastante poco conocida y muy buena, que merece ser reivindicada. Me refiero a Bosque de sombras (Koldo Serra, 2006), película a medio camino entre Perros de paja (Sam Peckinpah, 1971) y la ya comentada Deliverance.
En ella se nos cuenta la historia de un matrimonio inglés y sus amigos, quienes deciden ir de vacaciones al norte de España. Una vez instalados, y tras ser escudriñados por las típicas miradas hurañas con las que los lugareños reciben todo aquello que les es ajeno, descubren por casualidad una cabaña en mitad del bosque, y dentro de ésta a una niña encadenada como un perro. ¿La razón? Una deformidad en sus manos. 
Los protagonistas optan por rescatar a la niña y llevarla a un lugar seguro donde no sea tratada como un engendro de Satán, lo que desembocará en el violento choque cultural que todos estamos esperando.
El dilema es el siguiente: ¿tiene derecho alguien perteneciente a otra cultura de llegar e imponer su punto de vista ético? En mi opinión, según el caso y según lo que se esté defendiendo, sí. No es una cuestión de tradiciones y culturas; el “son sus costumbres, hay que respetarlas” no siempre vale para justificar las barbaridades que se llevan a cabo en culturas distintas a la nuestra. Hay unas normas éticas y morales universales (y si no las hay, maldita sea, debería haberlas), sin importar tu cultura ni tu religión, que deberían respetarse. Seas de donde seas, hacer ciertas cosas está mal… Como por ejemplo, encadenar una niña por una deformidad física de la que por supuesto no es culpable.

Bosque de sombras

Luego está la ambientación setentera, que aunque puede parecer gratuita y puramente estética, tiene dos razones de ser: la primera es que, efectivamente, la estética mola; y el segundo es una exigencia de guión; si la película se hubiese ambientado en la actualidad, todo el asunto se habría resuelto a los treinta minutos con una llamada de teléfono a la Guardia Civil.
Lo dicho, una película muy interesante. Quizá, de todas las aquí comentadas, sea la que mejor resume el tema del que he intentado hablar.