The Car

¿Alguna vez habéis visto uno de esos vídeos de Youtube en los que a alguien le extraen del oído un tapón de cera del tamaño de una cucaracha bien alimentada? Yo sí, y lo que siento es absolutamente contradictorio: asco y placer ajeno en igual proporción.
¿Tiene esto algo que ver con el artículo? Desde luego que no, pero he tenido a bien comenzar el texto con esta breve introducción para calentar los dedos de cara a la sesión de escritura que me espera. Sesión que se alargará durante los siguientes dos o tres días, en una carrera innecesariamente tensa por llegar al jueves (¡hoy!) con un artículo que merezca la pena ser leído. Siempre y cuando, claro, la insoportable procrastinación que habitualmente se apodera de mí me lo permita.
De hecho, en el rato que he tardado en escribir esta chorrada de párrafo, he mirado Facebook cuatro veces, Twitter dos, he ido a por un café y me lo he bebido, sonriendo, mientras miraba otro vídeo de extracción de cerumen.
Me odio.

The Car Krypton Planeta Antequera

1
Antes de hablar de The Car (Elliot Silverstein, 1977), sería oportuno situarnos en el lugar y contexto apropiados.
Durante la década de los 70 hubo un boom de cine satánico y sectario, tal vez gracias al amigo Charles Manson, quien dio carpetazo final al verano del amor en 1969 con la orden de asesinato de Sharon Tate y sus amigos en el 10050 de Cielo Drive, Beverly Hills. O quizá el asunto estaba relacionado con que en esta década se respiraba una atmósfera político-social deprimente debido a la desastrosa guerra de Vietnam, los trapicheos de Richard Nixon y su Watergate, y la ya mencionada reciente masacre por parte de la secta liderada por Charles Manson. Este turbulento panorama fue canalizado, consciente o inconscientemente, en forma de películas que de algún modo reflejaban el miedo que flotaba en el aire. Si en los 50 la amenaza procedía del espacio exterior, en forma de platillos volantes y extraterrestres hostiles (lo de fuera se consideraba peligroso. O lo que es lo mismo: el comunismo), en los 70 el enemigo estaba ya en casa. Éramos nosotros.

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2
De ese turbio caldo de cultivo surgieron títulos como La matanza de Texas, La profecía, Las colinas tienen ojos, Carrera con el diablo, Alucarda, The Devils, Suspiria o El exorcista.
Y The Car, claro, quizá la película más innovadora a la hora de plasmar la presencia del mal demoniaco. En esta ocasión no había sectarios, posesiones ni clanes caníbales, sino…un coche. Un coche de origen desconocido que, sin previo aviso ni motivo alguno, un día aparece en un remoto pueblo de Texas y comienza a sembrar el terror.
La película empieza con la siguiente cita de Anton LaVey, fundador de la iglesia de Satán: Oh, magníficos hermanos de la noche que cabalgáis sobre los ardientes vientos del infierno, que habitáis en la morada del diablo, moveos y apareced.
Toda una declaración de intenciones. También sirve para hacernos una idea de lo que vamos a ver, ya que lo habitual sería pensar que la historia girará en torno a un asesino en serie que mata atropellando con su enorme y monstruoso Lincoln Continental Mark III negro. Sin embargo, conforme avanza la trama descubrimos que no hay nadie al volante… El vehículo de procedencia desconocida que ha ido a materializarse en ese recóndito lugar de los Estados Unidos, actúa por cuenta propia.
Si la cita de Anton LaVey resulta reveladora, el momento en que el coche no puede entrar en un cementerio en busca de sus víctimas por tratarse de suelo sagrado, es la confirmación de que, después de todo, quizá sí haya alguien al volante: Satanás.
Lo mejor es que en ningún momento se nos explica nada, ni qué es el coche ni de dónde viene, y esa es la mejor decisión posible. El coche es una anomalía, un suceso inexplicable. No hay más.
Cada vez que reviso The Car pienso en lo fácil que habría sido para los guionistas contar la historia de un pueblo asediado por miembros de una secta satánica, pero en lugar de eso optaron por la opción atípica; el coche, la máquina, el objeto inerte convertido en una amenaza poseedora de consciencia propia.
Tiempo después, Stephen King, admirador de la película, visitaría de nuevo este concepto en su novela Christine.

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3
Resulta llamativo que una película de serie B tenga un acabado tan resultón y unas ideas tan interesantes.
No me malinterpretéis, me encanta el cine de serie B, pero es un hecho que sus presupuestos, y por ende sus medios técnicos, suelen ser más limitados que en otras producciones. Y en The Car se nota que había escaso dinero, pero poco importa eso si detrás de las cámaras hay alguien competente capaz de gestionar como es debido el presupuesto, aprovechando cada dólar para dar buen aspecto a la película.
Tampoco es que The Car requiriese un presupuesto millonario para contar lo que cuenta, pero como ya digo, sorprende que una producción tan humilde haga alardes visuales tan bellos como el utilizado en la escena del desfile, cuando, en la lejanía, percibimos un breve destello provocado por el reflejo del sol en el parabrisas del coche, que se acerca a toda velocidad aunque aún no podamos verlo ni nosotros ni los personajes. O la impactante escena en la que el vehículo, para cobrarse su particular venganza tras haber sido insultado y humillado, atraviesa una casa de lado a lado, llevándose por delante a su víctima.
Lo único que chirría es la utilización de ese recurso que antiguamente se empleaba para dar sensación de velocidad a las escenas de persecución, consistente en rodar la secuencia a velocidad más o menos normal, y luego acelerarla en postproducción. El resultado dejaba mucho que desear, además de no ser nada creíble ni espectacular.

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4
Lo más gracioso de todo esto es que podríamos decir que, a su manera, The Car es un remake de Tiburón, la mítica película que Steven Spielberg estrenó dos años antes.
Son dos películas tan opuestas como idénticas, y es que resulta innegable que ambas funcionan igual. Cambiamos el mar por el desierto tejano, el tiburón por el coche poseído, la aleta que advierte del inminente peligro por la nube de polvo que levantan a su paso los cuatro neumáticos del Lincoln Continental.
Y en ambas tenemos a un grupo de intrépidos hombres que, cansados de la constante amenaza, deciden tomar cartas en el asunto e ir en busca del villano para destruirlo de un modo u otro.