Todo es innecesario

Echando la vista atrás, me encuentro con que, en colaboración con esta página, he escrito varios artículos que, aun siendo diferentes, comparten ADN. Digamos que pertenecen a una misma saga. Si los recopilase todos en un libro, se titularía Cinefilia tóxica o Anticinefilia.
En dichos artículos he querido reflejar, desgranar y condenar un modo de ver y entender el cine que, a mi parecer, es poco sano y respetuoso; y hablar también de un tipo de cinéfilo que, por el modo en que juzga, parece no gustarle demasiado el cine. Recuerdo que durante un tiempo estuve pululando en un foro de cine donde había un forero en concreto a quien JAMÁS leí una sola palabra amable hacia ninguna película. Incluso cuando una película le había (más o menos) entusiasmado, hacía especial hincapié en lo que no le gustaba de ella.
Una cinefilia, en definitiva, mal entendida y más preocupada por odiar que por admirar. Una cinefilia clasista, prejuiciosa e insolente.
Quienes amamos el cine y nos alegramos cuando una película nos gusta (al contrario que otros, deseosos de tener razones para despotricar y gritar en sus redes sociales que la última película que han visto les ha parecido un bodrio), no entendemos cómo la columna vertebral, el eje de un determinado modelo de cinéfilo puede ser el odio y la falta de ilusión hacia eso que, en teoría, le apasiona.
Hay gente para todo, supongo, aunque a muchos no los logro entender.


Ya he hablado de la falta generalizada de educación y civismo en las salas de cine, de los snobs, los rancio-nostálgicos, los que van de jueces supremos creyéndose mejores que cualquier película y los que no han olido la objetividad en su vida, y creo que ya va siendo hora, al menos de momento, de aparcar mi particular análisis de la cinefilia tóxica. He escrito suficiente como para que el espectador capullo que lea esto, deje de ser un capullo amargado y se replantee un par de cosas respecto a su conducta como cinéfilo.
Esto no significa que ya no haya más que hablar respecto al asunto. Significa que por ahora prefiero desviar el tema para no cansarme yo y, sobre todo, para no cansar a quienes dediquen unos minutos a leer mis divagaciones.
Pero antes de dar el carpetazo semifinal a la cinefilia tóxica, quisiera hablar de una última cosa. Se trata de algo que llevo tiempo escuchando y leyendo en webs, redes sociales y foros desde que accedo a dichos lugares, pero tengo la impresión de que cada vez se usa más. Estoy hablando de un calificativo que últimamente la gente esgrime con una facilidad pasmosa para referirse a 8 de cada 10 películas…
Me refiero al adjetivo INNECESARIO.
Remakes innecesarios, secuelas innecesarias, spin-offs innecesarios, adaptaciones innecesarias… ¿Pero esto qué es?
Os voy a decir lo que pienso (si no, ¿qué puñetas hago escribiendo esto a la 01:00 de la madrugada?). Creo que ninguna película es innecesaria. Ninguna película, ningún libro, ningún cómic… Y al mismo tiempo todo es innecesario, claro, porque nadie se muere por no leer un libro o ver una película. Necesario es comer, beber y dormir. Pero si viésemos las cosas desde ese prisma, nos convertiríamos en unos rancios embrutecidos, demasiado simples, y eso es morir por dentro.
Hasta la película más aborrecible, mediocre y estúpida que podamos imaginar es necesaria, pues tiene un público. Un público mayoritario o minoritario, pero un público a fin de cuentas. Puede que a ti no te interese esa película que, con altanera prepotencia, calificas de innecesaria, pero tus gustos y preferencias no son universales. Toda película tiene su público, y nadie es quien para privar a otros de ver lo que les dé la gana ni de evaluar qué es y qué no es necesario. Dejaos de listas negras.

Y para finalizar este breve recorrido por las coletillas que debemos evitar, una pregunta que todos habréis escuchado o incluso formulado alguna vez: ¿Vale la pena?
—Acabo de ver la última de Lars Von Trier.
—Ah… ¿vale la pena?
¡Pues yo qué sé si vale o no la pena! Claro que vale la pena, supongo. En fin, sea como sea, es algo que se debe averiguar por uno mismo. Puede que una película me haya parecido horrible, pero eso no quiere decir que también te lo vaya a parecer a ti. Es posible que tú la disfrutes tanto que la veas tres veces en una tarde, y si yo te hubiese dicho “no vale la pena” y tú me hubieras hecho caso, te habrías perdido una película que iba a gustarte.
Por ejemplo, yo jamás he dicho en una crítica “no veáis esta película, no vale la pena”. ¿Por qué iba a hacerlo? Para empezar, me revienta cuando alguien me lo dice a mí. Es absurdo tirar por ese camino. Estamos hablando de mis gustos, mis razones, mi simple opinión. Mis gustos no son tus gustos, no son universales, y por esa razón, algo que me gusta puede parecerte espantoso, del mismo modo que algo puede repugnarme y a ti alegrarte el día.

Guiaos siempre por el instinto, el criterio y las preferencias propias. No dejéis que sean otros quienes decidan lo que tenéis que ver.