Me quitan el sueño - segunda parte

Como ya sabéis (¡o no! ¿Quién me creo que soy?), la anterior semana se publicó la primera parte de este artículo, así que hoy toca seguir hablando de películas que me inquietan de verdad.

Por primera vez he conseguido escribir una introducción directa, concisa y sin morralla. Entremos en materia antes de que empiece a divagar y me quede sin espacio.

DRÁCULA (Francis Ford Coppola, 1992)

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Más conocida como Drácula, de Bram Stoker, aunque no me gusta llamarla así, pues supone una redundancia bastante tonta. Todos sabemos que la novela original y el personaje son creación de Stoker (qué apellido más guay, por cierto), así que sería más correcto llamarla Drácula, a secas, o Drácula, de Coppola, ya que se trata de su visión, de su modo de enfocar la obra.
Esta película es, con diferencia, la que más miedo me ha dado en toda mi vida. Tanto es así, que de pequeño (con seis años) me resultaba imposible verla entera. Ciertas escenas me atemorizaban, me ponían nervioso. Fue todo un impacto para mí, y aunque ahora tenga casi treinta años, este Drácula sigue dándome mucho repelús, hasta el punto de, a veces, tener ganas de verla y no hacerlo con tal de ahorrarme el mal trago.
Digamos que es una película en la que me meto demasiado. No me preguntéis las razones a mí, sino a mi psicoanalista.
No sé si de forma voluntaria o no, Coppola se sacó de la manga una película que, pese a ser, en esencia, una historia de amor, contiene algunas de las secuencias más JODIDAS que se han cruzado en mi camino. Quizá sea por la utilización de efectos especiales clásicos (Coppola quiso rodar la película haciendo uso exclusivo de los medios técnicos que podían emplearse antaño. Nada de ordenadores), por la interpretación de un inmenso Gary Oldman o tal vez por el curioso diseño de producción, pero hay algo en esta película que la convierte en una obra de ambientes y entornos enrarecidos, surrealistas, pesadillescos… Recordemos la llegada de Jonathan Harker a Transilvania, abandonado a su suerte en el bosque más siniestro del mundo; el castillo de Drácula, que además de tener un aspecto aterrador, tanto por fuera como por dentro, se salta alegremente las leyes más básicas de la física; Drácula gateando por los muros en mitad de la noche; Drácula ofreciendo un bebé como cena para sus novias vampiras; la cruz sangrando a chorros; un imposible cielo rojo como telón de fondo de una cruenta batalla medieval; el descenso de Lucy, ya vampirizada, a la cripta.
A todo eso hay que sumarle la mítica banda sonora de Wojciech Kilar, la cual no ayuda en nada a amenizar las dos horas de pesadilla vampírica.


CAZAFANTASMAS 2 (Ivan Reitman, 1989)

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Sí, ya sé que os choca la presencia de este título aquí. A mí también.
Doy por sentado que los creadores de esta secuela no pretendían hacer una película de miedo, pero algo debió de torcerse, porque Cazafantasmas 2 tiene momentos impropios de una comedia.
Dejando a un lado la calidad de la película, que a mí me encanta tanto como la primera, hay que reconocer que la extraña combinación de humor tontorrón y secuencias inquietantes hace de esta saga (porque en la primera ocurría lo mismo) algo muy especial. Podrían haberse limitado a caricaturizar y dulcificar los momentos sobrenaturales para que nadie se sintiese molesto con ellos, pero en lugar de eso nos brindaron una comedia en la que, entre chiste y chiste, nos cuelan auténticos sustos bastante bien elaborados y construidos. Total, un fantasma es un fantasma, ¿no? Aunque el tono en general de la película sea de guasa y jolgorio, me parece muy acerado tomarse en serio las apariciones fantasmales e intentar que den miedo. Es un contraste que me provocó varios cortocircuitos mentales en su momento.
Como ya digo, en la primera ocurría algo parecido, pero en Cazafantasmas 2 lo llevan más lejos.
Para empezar, tenemos el cuadro poseído por el espíritu de un genocida medieval (clarísimo homenaje a Vlad Tepes), que quizá si lo viese hoy por primera vez me sería indiferente, pero de pequeño me daba un mal rollo considerable… Mal rollo que se convirtió en trauma cuando, en una escena, la cabeza del señor del cuadro salía del lienzo.
Pero las escenas que de verdad me daban miedo, y a día de hoy me siguen poniendo algo nervioso, son las siguientes:
-La bañera que cobra vida e intenta comerse al bebé.
-El espíritu, o mejor dicho la proyección astral, que, travestido y en bicicleta, roba al bebé de antes de una cornisa. Menuda vida llevaba el chiquillo sin tan siquiera haber cumplido un año.
-La escena de la sala de revelado fotográfico.
-La puñetera escena del tren fantasma. Me sigue dando mucho miedo, os lo prometo. Hay películas de terror que dan menos yuyu que esa secuencia de tres minutos.
-El encargado del museo alumbrándose en el pasillo con la luz de sus ojos, como si de faros de un coche se tratase.
Como veis, para ser una comedia está extrañamente aderezada con escenas que no parecen ideadas para dibujar sonrisas.