Me quitan el sueño - primera parte

Desde que tengo uso de razón, me ha atraído el cine fantástico y de terror. Hasta los doce o trece años, no me interesaba ninguna película en la que no hubiera elementos sobrenaturales o, como mínimo, inquietantes. Es decir, si en una película no aparecían monstruos, fantasmas, acontecimientos anómalos o asesinos en serie, no la veía. Era así de sencillo. Me daba igual el género siempre y cuando hubiese algún elemento fantástico en la trama, de ahí que me sintiese tan interesado por Critters como por Regreso al futuro.
Con esto quiero decir que las primeras películas que mamé en mi vida fueron las de terror, y pasándome la restricción de edad por lo que viene siendo el arco del triunfo a mano derecha. Me zampé El Exorcista con nueve años, y antes de cumplir los diez me sabía de punta a punta la saga Pesadilla en Elm Street.
Tal vez por esta razón, por ser un género que me resulta especialmente familiar, sea más crítico con el terror que con películas de otra índole. Dicho de otra forma: es complicado que una película de terror me guste de verdad, de pleno, ¿y por qué? Porque me fascina el género, y por eso no me conformo con cualquier cosa. Y aunque el terror de los 90 para atrás lo tiene más fácil conmigo que el actual, siguen siendo pocas las películas que de verdad me han taladrado el alma. Que no quiere decir que para que una película de terror me guste deba, por narices, provocarme un ataque de ansiedad, dejarme cuatro noches sin dormir y conseguir que al terminar de verla me tumbe en el suelo en posición fetal, con los ojos cerrados, sobre un charco de orina y chupándome el pulgar compulsivamente mientras ruego entre sollozos que venga mi madre a susurrarme al oído que todo va a salir bien.
No pido tanto, pero sí es cierto que las películas que consiguen inquietarme acaban en mi altar personal. Les rezo. Para mí son películas con un gran valor añadido, y es que hay pocas cosas más satisfactorias que pasarlo mal, en el buen sentido, con una peli.
No hablaré de miedo porque es muy difícil, por no decir imposible, que una película dé MIEDO (a no ser que lo más potente que hayas visto en toda tu vida sea La patrulla canina, pero estoy hablando de personas normales). Son palabras mayores. Miedo da estar en Siria durante un bombardeo o ir de vacaciones a Tordesillas.
Así que hoy me apetece hablar brevemente (porque ya he gastado, como viene siendo habitual, medio artículo en una introducción que es pura morralla y que seguramente podría haber resumido en diez líneas) acerca de dos películas que, además de parecerme muy buenas, consiguen estimular los lugares adecuados de mi cerebro para inquietarme, obligarme a encender la luz cuando me levanto para hacer pis en mitad de la madrugada (y no solo porque esté oscuro y no se vea un carajo) o mirar a mis espaldas al pasear por campo abierto para asegurarme de que ningún psicópata sigue mi rastro.

LA MATANZA DE TEXAS (Tobe Hopper, 1974)


Esta veraniega pesadilla rural con olor a sudor y carnicería mugrienta de barrio se inspira en los crímenes de Ed Gein, y supuso el pistoletazo de salida al subgénero slasher, aunque ninguna película ha superado a La matanza de Texas en cuanto a atmósfera y realismo. Y esos son precisamente los dos grandes pilares que convierten a esta película en una pieza única e irrepetible.
Historias de asesinos masacrando a grupos de jóvenes descerebrados nos han contado muchas, pero recordemos que estamos en 1974, lo que convierte a La matanza de Texas en una de las mayores precursoras.
La fotografía sucia y granulada da a la película aspecto de viejo documental, lo que ayuda a reforzar la sensación de realismo en las imágenes que vemos. Eso y la ausencia de excesos, porque aunque la familia caníbal protagonista sea eso, caníbal y psicópata, cosas más extrañas han pasado en el mundo. Lo que quiero decir es que, al contrario de lo que ocurre en películas como Phantasma o La Cosa, lo narrado en La matanza de Texas podría ocurrir en la realidad. De hecho, ha ocurrido. 
Y no, la película no es ningún festival gore de sangre y vísceras como muchos piensan… Es una película con una atmósfera tan lograda y una suciedad tan genuina, que consigue hacernos ver cosas donde no las hay. Si analizamos la película con atención, veremos que sangre, lo que se dice sangre, hay poquísima, y que los escasos desmembramientos y mutilaciones no llegan a mostrarse.
Si hay algo que me impresiona especialmente es la sensación de que el director no tocó nada; que no usó elementos de atrezzo y que encontró una casa real tan macabra y sucia como la de esta desquiciada familia. Evidentemente esto no fue así. Todo está "adornado" para dar una perfecta imagen de dejadez enfermiza, sucia y verosímil.
El género de terror es, posiblemente, al que mejor le sienta eso de que menos es más. Esta película habría perdido toda su gracia y potencia atmosférica si hubiese jugado en la liga del exceso (como hicieron las secuelas), salpicándolo todo con sangre, tripas y personajes exagerados. Por ejemplo, la “heroína” de la película no llega a enfrentarse a los asesinos, sino que, como el ser humano que es, y como haríamos todos en su situación, se limita a correr, gritar y escaparse en cuanto se presenta la oportunidad. Pero nada de encararse a los asesinos y molerlos a palos, y eso que no son nada del otro mundo. Si alguien se enfrentase a esta familia caníbal con una escopeta, la película duraría quince minutos… Ahí tenéis otra muestra de realismo: estos villanos no son seres sobrenaturales como Jason Voorhees o Freddy Krueger; son humanos como tú y yo, y por eso dan más miedo.
Por todo esto, La matanza de Texas no es sólo una de mis películas de terror favoritas, sino también una de mis películas, a secas, de referencia.

EL PROYECTO DE LA BRUJA DE BLAIR (Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, 1999)


Y seguimos con menos es más, pero esta vez elevado a la máxima potencia, porque si existe un ejemplo de película hecha con dos duros que supo aprovechar el potencial de la premisa y adaptarse al presupuesto (no al revés), esa es El proyecto de la bruja de Blair.
A estas alturas no hará falta que os cuente de qué trata la película ni recuerde el jaleo que levantó en la red poco antes del fin del milenio, en 1999, cuando todavía nadie sabía qué era un vídeo viral, Internet estaba en pañales y el reggeaton todavía no había llegado a nuestro país (y por lo tanto era un país mejor). 
Claro, menos es más, pero no siempre. No vayáis a pensar que sólo me gusta el cine minimalista que únicamente se preocupa por sugerir y jamás por mostrar. Esto es como todo en la vida: según. En el caso de El proyecto de la bruja de Blair, una película tan realista y creíble que consiguió engañar al mundo entero haciéndose pasar por una videograbación verídica en la que se mostraban los últimos días de vida de unos jóvenes perdidos en el bosque y asediados por una entidad maligna llamada Elly Kedward, el formato found footage y el no enseñar prácticamente nada fue un acierto colosal. Pero si me pongo a ver algo como Evil Dead 2, no quiero minimalismo, sino motosierras, ojos saliendo disparados de sus cuencas y chorros de sangre espesa salpicando la cara de alguien.
El proyecto de la bruja de Blair enseña poco tirando a nada, pero lo suficiente como para dejarte sin dormir. Ni siquiera vemos a la bruja, pero sí escuchamos el llanto de unos niños en el bosque, en mitad de la noche… Entre otras cosas. La bruja está ahí, pero no de forma física. Ejerce una influencia maligna en el lugar, contaminándolo y convirtiéndolo en un entorno peligroso y sobrenatural. Puro Lovecraft, vamos. De hecho, aunque nadie suela decirlo, El proyecto de la bruja de Blair es una de las películas más lovecraftianas que se han hecho.
Y sí, desde que la vi no puedo adentrarme en una zona boscosa sin sentirme incómodo.