Series vs cine

Es un tema al que últimamente le estoy dando muchas vueltas. ¿Qué pasa con las series? ¿Son, en general, tan buenas como se dice? Seguro que sí, no lo pongo en duda. Hay de todo, cosas buenas, regulares y malas, pero resulta innegable que el nivel de las series es, mayormente, alto. Pero el problema que tengo no está relacionado con su calidad, sino con su extensión. A ver, si una serie consta de seis temporadas, significa que van a tardar seis años, seis jodidos años, en contarte la historia que quieren contar, y me da igual que sea una gran historia llena de tramas, subtramas y personajes. Seis años me parece excesivo… Y cinco. Y cuatro.

Es por eso que, pese a que el nivel actual de las series suele ser alto (aunque series buenas ha habido toda la vida, tampoco nos flipemos), siempre preferiré el cine como formato.


Una película te cuenta una historia en dos horas, y se acabó. En esos 120 minutos está contenido todo lo que necesitas saber, y transcurrido ese tiempo te levantas del sofá y adiós. Es una cuestión de comodidad, lo sé, pero además creo que el cine tiene una ventaja enorme sobre las series: no suele divagar ni estar lleno de morralla. Y sí, hay sagas cinematográficas excesivamente alargadas que han perdido el rumbo, pero son una minoría.

Vamos a decirlo claro: el 95% de las series podrían resolverse en dos o, como mucho, tres temporadas. De hecho, creo que la inmensa mayoría de las series no debería pasar de la tercera temporada, porque cruzar esa línea suele significar estirar el chicle, manosear ideas que no dan para más y, en definitiva, alargar sin necesidad algo que no puede ser alargado. En fin, y no sólo estamos hablando de exceso de temporadas, sino también de exceso de metraje por capítulo, cuando lo ideal sería que un episodio estándar no superase los 40 minutos. La cuestión es que, al final, lo que tenemos es un promedio de siete temporadas de doce episodios de una hora cada uno. ¿PERO QUÉ ME ESTÁS CONTANDO? Qué salvajada y qué forma tan innecesaria de marear la perdiz.
Me da igual que la factura técnica sea sobresaliente. A mí lo que me interesa es no aburrirme, y cuando una serie se alarga más de lo necesario (es decir, cuando supera las tres temporadas), me suelo aburrir. La serie empieza a oler a pescado pasado y a idea agotada, y la abandono.


Algunas series no caen en ese pozo negro pese al elevado número de temporadas, como Los Soprano, que posee una homogeneidad de calidad increíble en sus episodios; todos son buenos. Es una serie que no cansa, y que además parte de una idea que SÍ da para extenderse casi tanto como se desee. Aún así, igual que ocurrió con Breaking Bad, supieron cortar el grifo a tiempo, cuando la mercancía todavía estaba fresca y sabía bien.

Pero títulos como Los Soprano son excepciones muy puntuales, más de lo que imagina el seriéfilo medio, obsesionado con engullir serie tras serie sin pararse a pensar que igual está comiéndose un cadáver putrefacto, devorado por los gusanos de la falta de ideas. Me cuesta muy poco encontrar series cuyas premisas me interesen. Lo que me cuesta es querer seguir viéndolas tras dos o tres temporadas. Siempre acabo pensando lo mismo: ¿para qué más? ¿Por qué forzar la maquinaría imponiendo temporadas de trece episodios de una hora cada uno si la cosa no da para más? Y se nota que, a veces, todo eso es impuesto. ¿Habéis visto la serie The Punisher? Es un ejemplo perfecto de lo que estoy hablando ahora mismo: tramas alargadas porque sí, diálogo excesivo (para poder llegar a los innecesarios 55 minutos de rigor) y profundización en personajes que no lo necesitan. ¿Resultado? Un tostón de serie, y es una pena porque podría haber estado genial, y más con ese personaje… Pero no. En lugar de apostar por el ritmo y la agilidad narrativa con temporadas cortas de episodios cortos, deciden contar una historia sobrecargada de chicha inútil en trece aburridas e inacabables horas.


Pues ese es el panorama de casi todas las series actuales. Se creen el nuevo cine, y sin embargo no son más que un envoltorio bonito lleno de sopor.
Otro ejemplo sería Homeland (no voy a hablar de The Walking Dead porque es un objetivo demasiado fácil y obvio). Cuando empecé a verla me pareció una propuesta genial que podía dar grandes momentos de infarto y tensión, pero también pensé que no era una idea que pudiese alargarse. ¿Militar norteamericano reconvertido en terrorista islámico que se infiltra en el gobierno estadounidense para organizar un atentado, mientras trata de no ser descubierto por sus compañeros y familiares? Es una idea FABULOSA… pero para una película o una mini serie de cuatro episodios. ¿Qué ha pasado con Homeland? Que la dejé a mitad de la tercera temporada (ya va por la séptima), cuando la estupenda premisa inicial se había diluido tras 24 capítulos, tal y como supuse, y toda la trama se estaba yendo por los cerros de Úbeda. La serie había mutado, y no quedaba nada de lo que tanto me atrajo en sus primeros capítulos.

Insisto: esto ocurre con la inmensa mayoría de series.
¿Y Ash vs the evil dead? Una serie estupenda, de mis favoritas. Pues la han cancelado tras su tercera temporada, ¿y sabéis qué? Me alegro. Por muy buena y divertida que sea, no daba más de sí, y antes de que empiece a ser aburrida y rancia, prefiero que la cancelen.
Esta sensación de agotamiento rápido es menos evidente en series antológicas (Fargo, American Horror Story) o de episodios autoconclusivos (Black Mirror, Rick y Morty), lo cual no significa que puedan alargarse hasta el infinito sin perder frescura…, y si no, que se lo pregunten a Los Simpson.

Sé que las series permiten algo que el cine a veces no puede por la limitación de tiempo: crear un universo, desarrollar personajes… De acuerdo, eso no lo cuestiono. El formato es perfecto para tales menesteres. Pero seguimos en las mismas, porque en realidad no se trata de eso, sino del exceso de series que están haciendo como churros. Se trata de que no todo se puede serializar, que no todo es compatible con ese formato, y que muchísimas premisas ganarían siendo contadas en dos horas en vez de en cinco temporadas.