El espectador medio

¿Sabéis qué dijo David Simon (creador de la serie The Wire)? Dijo “que se joda el espectador medio”.
¡No me miréis así! Lo dijo él.

Pero empecemos por el principio: ¿quién o qué es el espectador medio? Supongo que hay muchas formas de definirlo, pero la más rápida es la siguiente: el espectador que de vez en cuando ve una película, pero que en realidad el cine le trae sin cuidado. No es su pasión, y por lo tanto no lo siente, no lo valora, no lo respeta y, por norma general, tampoco lo entiende (ni lo pretende). Para este espectador, el cine no es más que un pasatiempo. 


Es obvio que no todo el mundo puede respirar y sentir el cine como lo hace un verdadero cinéfilo. De hecho, no tiene porqué hacerlo, pues cada persona posee sus preferencias y gustos, y no a todo el mundo le puede entusiasmar el cine de la misma forma.
Pero el espectador medio no suele ser un ente que va al cine de vez en cuando, vuelve a casa y nadie se entera de lo que ha ocurrido. No, el espectador medio se hace notar, y por eso me molesta su existencia.
Lo último que he dicho es una paradoja. Me molesta ese tipo de espectador, pero me engañaría a mí mismo si no reconociese que él es quien mantiene a flote el negocio del cine. Triste pero cierto; los que menos aman el cine, son quienes dan de comer a la industria.
No hay que hacer ningún estudio para saber que el espectador mayoritario es el medio/casual/estándar, como queráis llamarlo. Y eso significa una cosa: sus gustos y prioridades son los que mandan, algo catastrófico. Si no fuese por ellos y por la dichosa ley de oferta y demanda, los cines, incluso los de centro comercial, dispondrían de otro tipo de cartelera, o al menos de una más variada.
Sí, me gustan los blockbusters, pero también me gusta todo lo demás. Me fastidia que muchas películas independientes, de autor o “raras” se vean condenadas a estrenos minoritarios en capitales como Madrid, Barcelona y poco más, o a salir directamente en formato doméstico. ¿Y por qué ocurre eso? Porque al espectador masivo no le interesa ese cine.
Si se cambiasen las tornas y el espectador medio fuese el otro, el que sí aprecia el cine, ese que está en absoluta minoría, todo sería distinto y, artísticamente hablando, más interesante.
Pero, más o menos cinéfilo, siempre habrá un espectador medio, y si algún día no lo hay, el cine desaparecerá.


Ya he puesto los papeles sobre la mesa. He admitido que el espectador casual ha de existir para que la industria funcione, pero también he reconocido que no lo soporto.
Hay cosas de este espectador que me ponen nervioso, pero las dejo pasar por alto porque, total, ni me va ni me viene. No me afectan. Como por ejemplo que vea películas sin el menor criterio, sin saber quién las dirige, cómo se llaman los actores o qué cuenta la sinopsis.
«Vengo a ver esta película porque mi cuñao me ha dicho que está mu bonita y los artistas trabajan mu bien”.
Al espectador medio, ese devorador de franquicias, le da igual todo eso porque para él el cine no es más que una distracción momentánea; un medio para pasar 90 minutos sin pensar. Y está en su derecho de que así sea.


Pero hay cosas que no tolero, y no las tolero porque esas sí me afectan directamente como espectador.
Me da igual que el espectador casual tenga gustos predecibles, que sólo vea películas posteriores a su fecha de nacimiento (y como la peli tenga más de tres años, ya dice que es to antigua), que rara vez se informe sobre lo que va a ver (esos padres llevando a sus hijos de 7 años a ver Deadpool o Watchmen) o que sea capaz de indicar con absoluta precisión y seguridad cuál es su película favorita de toda la historia del cine (señal inequívoca de que ha visto muy pocas películas).
¿Sabéis qué no me da igual? La mala educación generalizada y su desprecio hacia los verdaderos cinéfilos que van al cine a ver películas como es debido.
El espectador casual va al cine cuando no hay nada mejor que hacer. Cuando hace frío (porque en la sala hay calefacción), cuando hace calor (porque en la sala hay aire acondicionado), cuando no hay fútbol o cuando se ha estrenado una película-evento como 8 apellidos Vascos, Un monstruo viene a verme o 50 sombras de Grey.
Y lo peor no es eso. Lo peor es que cree que todos hacemos lo mismo, de ahí que el espectador casual suela comportarse así:
—Llega tarde y deslumbra al personal con la maldita linterna del móvil, mientras busca su butaca.
—Habla en voz alta, bromea y se ríe como si estuviese en el salón de su casa, algo que se acentúa cuando se encuentra en plena edad del pavo y se mueve en manadas mixtas de machos y hembras. El cortejo del que hace uso el macho joven de espectador casual consiste en competir con los otros machos por ver quién molesta más al resto de espectadores. El ganador suele aparearse con la hembra después de la película… O durante.
—Mira el móvil cada cinco minutos, y aunque ellos no lo crean, la luz de la pantalla en mitad de la oscuridad molesta mucho. Además, ¿de verdad has pagado siete euros para dedicarte a mirar el móvil? ¿No puedes estar dos horas seguidas sin prestar atención a ese chisme infernal? Los cines deberían instalar inhibidores de cobertura YA.
—Y las fotitos, que no falten las fotitos. Cuando el espectador medio va al estreno de una película-evento como las antes mencionadas, ha de hacerse ochenta fotos con triple de hashtags y filtros para dejar constancia de su asistencia en las redes sociales, es decir, postureo a chorro. ¿Creéis que la película le importa? ¡Anda ya! Lo que le importa es estar a la moda y seguir las tendencias. Es lo mismo que ocurre con los que sólo escuchan éxitos musicales del momento: la música les da igual; su única prioridad es la tendencia.

Que sí, que el espectador medio tiene que existir por narices… Lo que no quiero es compartir la sala con él.